miércoles, 21 de agosto de 2013

ATAQUES DE PÁNICO: MÁS FRECUENTES Y CON MAYOR INCIDENCIA EN MUJERES

 Fuente: miradaprofesional
Es una sensación de temor pavoroso. De que algo terrible está a punto de ocurrir y que no puede hacerse nada para evitarlo. Provoca una desesperación tal por escapar de la situación en la que una persona se encuentra, que se siente miedo a morir o a volverse loco.

Estos son algunos de los síntomas de un ataque de pánico, un trastorno universal que se encuentra en todas las culturas, razas y niveles socioeconómicos, y que en nuestro país se estima que una de cada diez personas lo padece, y que se da dos veces más en mujeres que en hombres.


“En la mayoría de los casos -explica la psicóloga Solange García Bardot- forma parte de un trastorno de ansiedad. Es un problema de salud muy serio, neurobiológico, que puede traer severas consecuencias psicológicas. La edad de inicio es típicamente en el adulto joven, pero puede aparecer incluso en niños. Su evolución y complicaciones son muy variables, pero tiende a ser un cuadro fluctuante y crónico”.

UN MOMENTO DE TERROR

Según coinciden los especialistas, los síntomas del ataque de pánico aparecen de repente sin ninguna causa aparente, y se lo define como un momento de extrema angustia o terror acompañado de desesperación y sensación de descontrol.

Y en ese momento, también se dan síntomas físicos, como palpitaciones, dolor de pecho, sudoración, malestar estomacal, mareos, náuseas, dificultad para respirar, sofocos o escalofríos y temblores musculares. Y una sensación de desrealización o despersonalización.

“La duración de los ataques -explica la licenciada Bardot- es de 10 a 30 minutos, aunque en algunas personas puede extenderse más, dependiendo de la permanencia del estímulo que lo provocó o de la situación en la que se encuentra, y los síntomas pueden ser muy similares a los de un ataque al corazón”.

Si bien los ataques de pánico se enmarcan en los denominados trastornos de ansiedad, luego de un episodio de este tipo pueden desencadenarse otros, como la agorafobia o el estrés postraumático.

“Luego de atravesar un ataque de pánico -señala Bardot- la persona queda con una alta ansiedad frente a la posibilidad de tener otro episodio. Esta ansiedad anticipatoria lleva al sujeto a hacer algunos cambios en su conducta, evitando lugares donde pueda sentirse solo, desamparado, sin escape o imposibilitado de recibir asistencia en el caso de tener una nueva crisis, y es así que comienza a desarrollarse la agorafobia, que suele darse en un 95% de los pacientes con trastorno de pánico”.

También, y aunque es menos frecuente, los ataques pueden ocurrir durante el sueño, con la misma activación sintomática, terror repentino y sin motivo aparente.

“El trastorno de pánico es una patología muy seria, real y potencialmente muy discapacitante- concluyó Bardot- pero puede ser controlada con el tratamiento específico, ya que se trata de una enfermedad crónica y fluctuante. Hay variedad de tratamientos psicofarmacológicos disponibles, y también hay formas muy específicas de psicoterapia, con un alto grado de eficacia en el manejo y prevención de los ataques”.

“RECONOCER LA EXISTENCIA DEL MIEDO”

“Sin dudas el ataque de pánico es una patología grave, aunque no haya un órgano en peligro. Y una postura eficaz frente a este tema, es reconocer la existencia del miedo, la intensidad de los síntomas y buscar el tratamiento adecuado”, señala la licenciada Solange Bardot, especialista en trastornos de ansiedad.

También, según destacan los especialistas, “el pánico es el resultado de distintas variables como la vulnerabilidad biológica, patrones de comportamiento y pensamientos distorsionados generadores de altas dosis de ansiedad y estresores sociales variados. Y hay amplias evidencias de que la enfermedad tiene una tendencia familiar, en la que influyen tanto componentes genéticos como de aprendizaje infantil. Pero igualmente puede presentarse en otros cuadros psicopatológicos, en intoxicaciones, abstinencia a las drogas e incluso en algunas enfermedades físicas como la anemia.