miércoles, 25 de enero de 2012

CALIDAD DE ATENCIÓN: SEGURIDAD DEL PACIENTE

AUTORA: María Cristina Cortesi*

Varios estudios han investigado la magnitud de los eventos adversos. Un estudio de Harvard concluyó que un 4% de los pacientes sufre algún tipo de daño en el hospital; el 70% de los eventos adversos provoca una incapacidad temporal, el 14% de los incidentes son mortales. El informe del Instituto de Medicina estimó que los “errores médicos” causan entre 44.000 y 98.000 defunciones cada año en los hospitales de EEUU, más que los accidentes de automóvil, el cáncer de mama y el SIDA.

Los eventos adversos se cobran además un alto tributo en concepto de pérdidas financieras por las estancias hospitalarias que provocan, el pago de indemnizaciones, gastos de juicios, etc. Pero a estos costos hay que añadir la erosión de la confianza, de la seguridad y de la satisfacción del público.

La mayoría de los eventos adversos proceden de hospitales porque los riesgos asociados con la atención hospitalaria son altos. Pero muchos se producen en otros servicios de atención de la salud como las clínicas y sanatorios, los consultorios médicos, etc.

Cada etapa del proceso de atención sanitaria presenta cierto grado de inseguridad intrínseca: los efectos secundarios de los medicamentos o de las combinaciones de medicamentos, el riesgo asociado a un determinado instrumental médico, la presencia en los servicios de salud de productos no acordes a las normas o defectuosos, las fallas humanas o deficiencias del sistema. En consecuencia, los eventos adversos pueden deberse a problemas en las prácticas, los productos, los procedimientos o los sistemas.

La concepción actual de la seguridad del paciente, atribuye la principal responsabilidad de los eventos adversos a las deficiencias del diseño, de la organización y del funcionamiento del sistema en vez de a los proveedores o a los productos individuales.

La seguridad es un principio fundamental de la atención del paciente y un componente crítico de la gestión de calidad. Mejorarla requiere una labor compleja que afecta a todo el sistema en la que interviene una amplia gama de medidas relativas a la mejora del funcionamiento, la seguridad del entorno y la gestión del riesgo, incluido la lucha contra las infecciones, el uso inocuo de medicamentos, la seguridad del equipo, las prácticas clínicas seguras y un entorno de cuidados sano. Abarca casi todas las disciplinas y los actores de la atención sanitaria, y por lo tanto requiere un enfoque general y multifacético para identificar y gestionar los riesgos reales y potenciales para la seguridad del paciente en cada servicio, y para encontrar soluciones generales a largo plazo para el conjunto del sistema.

Los principales enemigos de la seguridad son: la complejidad de los procedimientos terapéuticos, la especialización y la segmentación de la asistencia sanitaria, la elevada disponibilidad de medicamentos de difícil conocimiento y manejo, y el desconocimiento de las propiedades farmacológicas de los medicamentos, especialmente de las interacciones.

A todo esto hay que añadir la existencia de una cultura profesional sanitaria que tiende a ocultar en lugar de favorecer la comunicación abierta de los errores asistenciales y sus causas.

El estudio científico de los errores es reciente y se ha abordado desde disciplinas muy dispares como son la psicología cognitiva, la sociología de equipos y organizaciones, la ingeniería de factores humanos y el análisis de sistemas.

El principal concepto a considerar es que la seguridad no reside en los individuos, sino que es una característica de un sistema en su conjunto. Los errores deben analizarse desde la perspectiva de que se producen porque existen fallos en los componentes del sistema y no como ha sido el enfoque tradicional que se basaba en fallas de los individuos. Cuando se analizan los accidentes desde la perspectiva del análisis de sistemas se suele comprobar que los mismos no se deben a una única falla, sino que casi siempre son el resultado de la combinación de múltiples errores (figura del queso suizo) entre los que se distinguen deficiencias en la organización, procedimientos de trabajo, medios técnicos, condiciones laborales, etc. Además de los errores de los profesionales que trabajan inmersos en ese sistema con fallas.

Para mejorar la seguridad de los sistemas es preciso aprender de los propios errores. Sólo así es posible identificar las causas que los originan y desarrollar estrategias para evitar que se repitan. Para ello es preciso crear una cultura profesional no punitiva que deseche la idea de culpabilidad y favorezca la comunicación y el análisis de los errores. En el ámbito sanitario, esto supone un enorme cambio cultural, puesto que tradicionalmente el sector médico y la propia sociedad han asumido que los médicos son “perfectos” y trabajan sin errores, esto es, que los errores son inaceptables y que están asociados a la negligencia. Por ello en el ámbito de la medicina siempre se ha tendido a encubrir los errores por temor al desprestigio profesional y a las posibles sanciones.

La asistencia sanitaria es una actividad de riesgo. Debido a que el enfoque tradicional de “asegurar” estos riesgos se revelaba insuficiente en la década de los 70, como consecuencia de la crisis de aseguramiento de la mala praxis, en los centros sanitarios de los EEUU se comenzó a introducir una metodología procedente del mundo de las grandes empresas denominada gestión de riesgos. Así se comenzó a introducir este tipo de programas centrados en identificar los problemas existentes en áreas clínicas específicas, como obstetricia, ginecología y urgencias, y trabajar conjuntamente con los equipos de profesionales en el control y mejora de la seguridad, para disminuir los riesgos. En definitiva, en el desarrollo de estos programas se persigue el triple objetivo de: incrementar la seguridad de los pacientes y de los profesionales, mejorar la calidad de la asistencia sanitaria y, con todo ello, reducir los costos de los siniestros. El tratamiento se basa en medidas de prevención dirigidas a :a) reducir la posibilidad de que los errores ocurran, b) detectar los errores que ocurren antes de que lleguen al paciente, o c) minimizar la gravedad de las consecuencias de los posibles errores que se produzcan.

Para desarrollar dicho programa es preciso que el concepto de seguridad se incorpore sistemáticamente a la cultura y a los procesos de las instituciones, hasta que se llegue a aceptar la idea de que la comunicación de un error es una oportunidad para aprender y mejorar la seguridad. Por ello, antes de iniciar un programa es preciso contar con que el equipo directivo de la institución haga de la seguridad de los pacientes un objetivo institucional y demuestre su compromiso con el mismo, proporcionando los recursos y la infraestructura necesaria. Debe promover en la institución una cultura no punitiva, transmitir a todos los profesionales la importancia de la seguridad y facilitarles la integración de este objetivo en sus actividades evaluando periódicamente la información al respecto. Es decir, interesa conocer qué, cómo y dónde ocurrió el error y comprender por qué sucedió para adoptar acciones que eviten que vuelva a ocurrir.



** Abogada especialista en Derecho Sanitario y Farmacéutico, postgrado en Derecho de la Salud (UBA). Vicepresidente de la Comisión de Derecho Sanitario de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. Asesora Legal en la Gerencia de Asuntos Jurídicos de la Superintendencia de Servicios de Salud. Docente de postgrado en la UBA y Universidades Privadas