miércoles, 18 de junio de 2014

LA HISTORIA DE LA MUERTE


ataudfuente: www.yorokobu.es
La vida, geométricamente, tiene forma de tubo. Hay un boquete de entrada y otro de salida. Nacer resulta cada vez más sencillo. Pero morir es complicado. La cultura occidental lo ha ido haciendo cada vez más difícil. El humano se rebela emocionalmente ante su condición finita y, con los siglos, ha ido haciendo la salida del canuto existencial cada vez más dolorosa.
La actitud ante la muerte tiene su propia historia. Empezó el día en que los humanos fueron conscientes de su extinción. Pero retrocedamos solo hasta la Edad Media. El historiador Philippe Ariès empieza ahí su investigación y en su recorrido hasta el siglo XX descubrió cómo ha ido cambiando la actitud de los europeos ante la muerte hasta convertirla en algo absolutamente terrorífico.


Hace mil años la muerte estaba “domesticada”. El fin de la vida nunca se presentó en caída libre. Los caballeros de la canción de gesta o de las antiguas narraciones medievales sentían la llegada de su propia extinción. El rey Ban, en Las novelas de la Mesa Redonda, dijo: “¡Ah! Señor Dios, socórreme, pues veo y sé que mi fin ha llegado”. Ariès lo describe así en su Historia de la muerte en Occidente.
El historiador relata que el sentimiento de muerte era “una convicción íntima, más que una premonición sobrenatural o mágica”. Y así siguió a lo largo de los siglos. En el XVII, don Quijote dijo: “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte”. También lo hizo un mozo en el relato Tres muertes, de Tolstói: “La muerte está aquí, eso es lo que me pasa”. Incluso en la Francia romántica del XIX. En 1941, Jean Guitton escribió: “Se observa cómo los Pouget, en esos tiempos antiguos (1874) pasaban de este mundo al otro como gentes prácticas y sencillas, observadores de los signos, y ante todo de los propios. No tenían prisa por morir, pero cuando veían la hora llegar, entonces, sin anticipación y sin retraso, justo como convenía, morían como cristianos”.
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Don Quijote, de Gustave Doré. Wikimedia Commons
Esta actitud empezó a verse en las estatuas del siglo XII. “En el cristianismo primitivo, el muerto era representado con los brazos extendidos en la posición del orante. Se espera la muerte echado, yacente. Esta actitud ritual viene prescrita por los liturgistas del siglo XIII”. “El moribundo debe estar echado de espaldas para que su rostro mire siempre al cielo”, decía el obispo Guillaume Durand de Mende. Los judíos, en cambio, se volvían hacia la pared, según el Antiguo Testamento.
La religión católica creó el ritual de un final en la cama. El lecho de muerte era el lugar donde se concedía el perdón al moribundo por los errores de su vida. De lo humano pasaban después a lo divino. El sacerdote daba la extremaunción al enfermo y ya podía morir en paz.
La muerte se convirtió así –según Ariès– en una “ceremonia pública, organizada por el moribundo, que la preside y conoce su protocolo”. Los asistentes se concentraban alrededor del enfermo y al acto acudían también los niños. Entonces, a diferencia del presente, la muerte no se escondía a la infancia. La desaparición de una persona era “aceptada y celebrada de manera ceremonial (…) pero sin carácter dramático ni excesivo impacto emocional”.
El historiador francés toma unas palabras del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), en su novela El pabellón de los cancerosos, para describir esta actitud durante “siglos o milenios”. “Sin fanfarronadas, sin aspavientos, sin presumir de que no iban a morir; todos admitían la muerte apaciblemente. No solo no retrasaban el momento de rendir cuentas, sino que se preparaban a ello tranquilamente y con antelación, designaban quién se quedaría con la yegua, quién con el potro… Y se extinguían con una especie de alivio, como si solo tuvieran que cambiar de isba”.
Esta muerte es, para Ariès, “domesticada”. Es la actitud contraria a la actual. “La vieja actitud en la que la muerte es a la vez familiar, próxima, atenuada e indiferente se opone demasiado a la nuestra. La muerte da miedo hasta el punto de que ya no nos atrevemos a pronunciar su nombre”. En España esta escena no queda tan lejos. El catolicismo se coló por todas las rendijas durante el franquismo y, por supuesto, también en la habitación del agonizante.

El descubrimiento de la propia muerte

Hasta la Baja Edad Media, en Europa, el destino se concebía como algo colectivo. “El hombre experimentaba en la muerte una de las grandes leyes de la especie y no procuraba ni escapar de ella ni exaltarla”, escribió el historiador. “Simplemente la aceptaba con la justa solemnidad que convenía para marcar la importancia de las grandes etapas que toda vida debía franquear siempre”.
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Tentación de la falta de fe, grabada por el Maestro E.S. (1450) Wikimedia Commons
Esa idea de lo colectivo fue tornándose hacia la individualidad y esto se ve reflejado en el arte sacro. La visión del apocalipsis y la alusión a una vuelta a la vida, que había dominado hasta el siglo XII, empieza a tambalearse con la idea del juicio final y el examen individual. La muerte sigue enmarcada dentro de una gran acción cósmica pero, a partir de entonces, un tribunal de justicia, con Cristo y su corte de apóstoles, juzga a cada hombre por el balance de su vida.
El autor destaca, además, la aparición de un nuevo concepto en la muerte. Los libros y grabados del XV y XVI muestran una iconografía sobre el ‘buen morir’ o las ars moriendi. La transición final se traslada a los aposentos del que agoniza. “Dios y su corte están allí para constatar cómo el moribundo se comportará en el momento de la prueba que se le propone antes de su postrer suspiro y que va a determinar su suerte en la eternidad. Esta prueba consiste en una última tentación (…). Su actitud, en el resplandor de ese momento fugitivo, borrará de golpe todos los pecados de su vida si rechaza la tentación o, por el contrario, anulará todas sus buenas acciones si cede a ella. La última prueba ha reemplazado el Juicio Final”.
Fue entonces cuando apareció la creencia de que un individuo, al morir, ve pasar su vida en un recorrido de relámpago. El origen exacto es desconocido pero los historiadores creen que las órdenes medicantes divulgaron esta idea durante los siglos XIV y XV. El lecho de muerto cobró así una solemnidad y emoción desconocidas hasta el momento. Esta idea se fue extendiendo entre las clases más cultas hasta el XIX. Ese era el lugar donde redimir las faltas acumuladas durante toda una vida. Las circunstancias de la muerte y la conducta del moribundo podían limpiar un pasado pecaminoso.
El arte y la literatura de los siglos XIV, XV y XVI mostraron de un modo más que la muerte se había convertido en algo individual. En los cuadros y los libros empezaron a aparecer representaciones de cadáveres descompuestos. Un siglo después, la morte secca (el esqueleto y los huesos) se mostraban en las chimeneas y muebles de las casas. “El horror de la muerte física y de la descomposición es un tema familiar a la poesía de los siglos XV y XVI”, escribe Ariès. “El hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que estaba muerto aplazadamente, de que el plazo era corto, de que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, quebraba sus ambiciones y emponzoñaba sus placeres. Y ese hombre tenía una pasión por la vida que nos cuesta entender hoy, quizá porque nuestra vida se ha vuelto más larga”.
El testamento Era el último escrito. El que expresaba, de forma personal, los pensamientos más profundos, la fe religiosa, las declaraciones de amor, las decisiones que había tomado para salvar su alma… Eso era el testamento entre los siglos XIII al XVIII. “Era el medio que tenía todo el mundo de afirmar sus pensamientos profundos y sus convicciones, en la misma medida –y aún superior– que un acto de derecho privado para la transmisión de una herencia”.
Pero a mitad del XVIII, la redacción de este documento cambia notablemente. Ariès cuenta que en “todo Occidente cristiano, protestante o católico”, desaparecen las “cláusulas piadosas, la elección de las sepulturas, las mandas de misas y servicios religiosos y limosnas” y el testamento adopta la forma actual: “un acto legal de distribución de las fortunas”. El testamento se vuelve laico y esto significa, según el historiador M. Vovelle, que la sociedad de la época se está “descristianizando”.
“Desde mediados de la Edad Media”, relató el francés, “el hombre occidental rico, poderoso o letrado, se reconoce a sí mismo en su muerte: ha descubierto la propia muerte”.

Los ‘duelos histéricos’

La desaparición, hasta entonces, se había llevado con cierta calma y aceptación. Pero en el siglo XVIII llegó la exaltación. El foco pasa del sentido de la propia muerte a la muerte del otro, según Ariès. Es la muerte romántica y retórica. Y este enardecimiento del recuerdo del ausente provocó el culto a las tumbas y los cementerios del XIX y XX.
“La muerte en el lecho de otro tiempo tenía la solemnidad, también la banalidad, de las ceremonias estacionales. Era una cosa esperable y la gente se prestaba a los ritos previstos por la costumbre. En el siglo XIX, una pasión nueva se adueñó de los asistentes. La emoción los agita. Lloran, rezan, gesticulan”, indica la obra. Los vivos ya no admiten la idea de la muerte. Ni la ajena ni la propia. “La sola idea de la muerte conmueve”. De aquí parte, probablemente, su insoportable peso actual.
El luto llegó a sus más altas cotas en el siglo XIX y Ariés ve aquí un claro significado: “Quiere decir que a los supervivientes les cuesta más que en otro tiempo aceptar la muerte del otro. La muerte temida no es entonces la muerte de uno mismo, sino la muerte del otro”. Fue entonces también cuando nació el culto a las tumbas y los cementerios. En la Edad Media, los difuntos se abandonaban en las iglesias y los familiares no se preocupaban por el lugar exacto donde se encontraban los restos del desaparecido. A partir del XVII y, sobre todo, desde finales del XVIII, los familiares empiezan a interesarse por el punto preciso de la sepultura. Las tumbas se convierten en un lugar de visita y un altar al que llevar flores.
Es un culto laico, según el historiador. No se piensa en un más allá, sino en un espacio donde conservar la memoria del difunto. Tanto que algunos llegaban a conservar en sus hogares, a la vista, restos de cadáveres en grandes tarros de alcohol. “El sentir generalizado quiso bien conservar a los propios muertos en casa, enterrándolos en la propiedad familiar, bien poder visitarlos si habían sido inhumados en un cementerio público”.
Los más asiduos a las tumbas, en Francia, en el XIX y XX, fueron los anticlericales y agnósticos. “El carácter exaltado y conmovedor no es de origen cristiano. Es de origen positivista”, escribió. Aunque “los católicos se adscribieron enseguida a él y lo asimilaron tan perfectamente que pronto lo creyendo propio”. Laicos y religiosos, en su fervor, introdujeron de nuevo los cementerios en las ciudades, después de que la Edad Media hubiese borrado esta tradición de la Antigüedad.

La muerte se vuelve tabú

EEUU glorificó la felicidad y el optimismo. El pesar se convirtió en ese país en una actitud de perdedor hace poco más de un siglo. Ariès creía que, probablemente, ahí estaba el origen del tabú. La idea del fin de la existencia se hace tan insoportable que los familiares del enfermo empiezan a esconderle que su muerte parece estar a la vuelta de la esquina.
“La primera motivación de la mentira fue el deseo de proteger al enfermo, de hacerse cargo de su agonía”, escribió. “Pero muy pronto, este sentimiento (…) fue recubierto por una sensación diferente, característica de la modernidad: evitar, no ya al moribundo, sino a la sociedad, al entorno mismo, una turbación y una emoción demasiado fuertes, insostenibles, causadas por la fealdad de la agonía y la mera irrupción de la muerte en plena felicidad de la vida, puesto que ya se admite que la vida es siempre dichosa o debe siempre parecerlo”.
“Ya no se lleva ropa oscura, no se adopta ya una apariencia diferente de la de los otros días. Una pena demasiado visible no inspira ya piedad, sino repugnancia” Esto sacó a la muerte de casa. “Se muere en el hospital porque este espacio se ha convertido en un lugar en el que se procuran cuidados que no pueden ofrecer en casa. En otro tiempo era el asilo de los miserables y los peregrinos. Se transformó primero en un centro médico en el que se cura y se lucha contra la muerte. Todavía conserva esa función curativa, pero un cierto tipo de hospital empieza también a ser considerado como el lugar privilegiado de la muerte. Uno muere en el hospital porque los médicos no han logrado curarlo. Se va o se irá al hospital ya no para curarse, sino precisamente para morir”.
Los sociólogos estadounidenses hablan, así, de ‘enfermos graves arcaicos’, que prefieren morir en casa, y los ‘modernos’, que “van a morir al hospital, porque en casa se ha convertido en un inconveniente”.
El nuevo lecho mortuorio fulmina el ritual de una ceremonia presidida por el moribundo. La muerte pasa a ser “un fenómeno técnico conseguido por el cese de los cuidados, es decir, (…) por una decisión del médico y de su equipo. A menudo, la persona ha perdido ya la conciencia. La muerte ha sido descompuesta, dividida en una serie de pequeñas etapas, de las cuales, no sabemos cuál constituye la muerte auténtica: aquella en la que se ha perdido la conciencia o aquella en la que se ha perdido el último aliento. Todas esas pequeñas muertes silenciosas han reemplazado y difuminado la gran acción dramática de la muerte”.
El funeral también cambia. En los países occidentales se intenta que la muerte pase rápido, en silencio. Que ningún niño la vea. “Las manifestaciones aparentes de luto son condenadas y desaparecen. Ya no se lleva ropa oscura, no se adopta ya una apariencia diferente de la de los otros días. Una pena demasiado visible no inspira ya piedad, sino repugnancia”.
De ahí surge el auge de la incineración. Es una muerte limpia, que no deja la huella de un lugar al que peregrinar para visitar al desaparecido. Algo así como una “supresión casi radical de todo lo que recuerde a la muerte”.

mortenpalomitasLa muerte como producto de consumo

La familia y los amigos se ocupaban de los funerales de sus personas queridas hasta principios del XIX. El crecimiento de las ciudades modificó las costumbres. A partir de entonces los carpinteros, los propietarios de carros y caballos, y los sepultureros empezaron a realizar estas tareas. “La manipulación de los muertos se convirtió en una profesión”.
En algunos lugares, como EEUU, nació la figura del funeral director. En el pasado eran los ‘enterradores’, pero desde 1885 ese nombre resultaba poco glamouroso y elevaron su prestancia. El precio podría ascender del mismo modo que aumentaba la categoría. No es lo mismo contratar a un sórdido enterrador que a un director de funerales vestido en traje bien planchado. Además, esta figura cumplía una nueva función. “Es un doctor del dolor, un experto en devolver las mentes atormentadas a la normalidad en el menor tiempo posible. El luto (…) se ha convertido en un estado mórbido que hay que curar, abreviar y borrar”.
Aunque no tan rápido. La memoria del muerto puede exprimirse monetariamente un poco más. “Se quiere transformar la muerte, maquillarla, sublimarla, pero no pretenden que desaparezca. Evidentemente, ello supondría también el final de las ganancias (…). La visita al cementerio y una cierta veneración hacia la tumba persistirán”, indica el historiador. “Por eso (…) a los funeral directors les repugna la incineración, que hace desaparecer los restos demasiado rápida y radicalmente”.
Los funerales se convierten en un producto de mercado más durante la segunda mitad del siglo pasado. Primero en EEUU y poco después en Europa. Pasan a ser “objeto de una publicidad vistosa, como cualquier otro artículo de consumo, un jabón o una religión”. El autor cuenta en el libro: “Yo he visto, por ejemplo, en los autobuses de Nueva York, en 1965: The dignity and integrity of a Gawler. Funeral costs no more… Easy acces, private parking for over 100 cars. Los ‘funeral homes’ se anuncian en calles y carreteras mediante una publicidad vistosa y personalizada –con el retrato del director–.
Dios, efectivamente, como avanzó Nietzsche, murió para muchos europeos y estadounidenses. El ateísmo avanza rápido a finales del XX y los mercados bursátiles ocupan el Olimpo. En estos últimos años que Ariès ya no pudo contar, porque falleció en 1984, la muerte se ha mercantilizado más aún. Han surgido decenas de empresas que construyen ataúdes customizados con todo tipo de alusiones pop y compañías que, abanderando la causa ecológica, venden urnas biodegradables para el último viaje de las cenizas.
El catálogo de urnas es amplio. Adoptan formas y diseños que aluden a una pretendida, y a menudo megacursi, solemnidad. Una compañía mexicana anuncia conchas de mar biodegradables elaboradas con papel reciclable y “decoradas manualmente por un artista experto, dándole un toque único y distintivo”. Ofrecen también una urna llamada Sal de Vida, “elaborada de manera individual por artesanos capacitados”, con bloques de sal del Himalaya.
Estas son algunas de las múltiples ofertas para los que se conforman con recordar a sus ausentes tan solo en la memoria. Pero el dios mercado no desatiende a nadie. También creó productos para los que se resisten a la desaparición física total. La misma empresa vende un “corazón hecho de plata y diseñado especialmente para almacenar una pequeña porción de cenizas de su ser querido. El Corazón Eterno viene con una cadena de 18’’ también de plata Sterling”.
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Willie de Wimp en su ataúd
Esta retórica, sin embargo, no encaja con todos los clientes de la muerte. Muchos occidentales prefieren el humor, el espectáculo, la diversión y las pasiones mundanas. Los funerales se apegan al día a día. La idea de espiritualidad molesta. Muchos ateos, agnósticos y talibanes de la ciencia se sienten incómodos entre pensamientos de trascendencia y, por eso, reservan para su despedida un acto que, en cierto modo, da esquinazo a la idea de muerte y centra la atención en una pasión vital. Hay funerales en los que suena el himno de un equipo de fútbol y, sobre el féretro, reposa la bandera del equipo.
El negocio de la creatividad también ha entrado en los funerales y ataúdes. Desde hace décadas se celebran ceremonias con un cierto aire festivo. Así fue la de Willie The Wimp. El matón y traficante de drogas fue asesinado en 1984 y, para su homenaje final, el padre encargó un ataúd que imitaba a un Cadilla Seville, equipado con faros intermitentes, luces traseras, parabrisas y una matrícula con su apodo familiar.
Esa intención de ‘funeral alegre’ ha ido creciendo en los últimos años. La filosofía de Epicuro podría estar en esta especie de himno para ‘que no acabe la fiesta’. No acabe, incluso, la vida. El avance de la tecnología ha vuelto a encender el deseo de muchos alquimistas de eternizar la existencia. La medicina regenerativa intenta frenar el envejecimiento. Expertos en esta ciencia, como Aubrey de Grey, trabajan para que en dos o tres décadas los humanos puedan alcanzar una edad de 150 años.
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Imagen de Black Mirror
Dmitry Itskov va más allá con su Iniciativa 2045. El multimillonario ruso pretende averiguar la forma en la que una vida humana puede traspasar a un ciborg. De este modo, cuando un cuerpo físico sucumba, la personalidad, los recuerdos y los sentimientos de una persona podrán encarnarse en un humanoide.
Esa es la resistencia a la muerte del yo. Pero también se sigue negando el fallecimiento de los demás. La serie británica Black Mirror trata en uno de sus capítulos este deseo de inmortalidad del otro. La vida se extiende después de la muerte en forma de mensajes electrónicos. Un programa informático rastrea las redes sociales y los mails de un fallecido y, con esa información, crea un perfil que va generando nuevos mensajes similares a los que hubiese escrito esa persona.
La historia de la humanidad es también la historia de cómo tapar el final de ese tubo que es la existencia. El humano actual difícilmente acepta su condición humana. Odia la finitud. Al quedar sin dioses, él mismo quiere ser dios. Al quedar sin planes para mañana, evita que acabe la fiesta. Pero un tubo es un tubo. Por muchas vueltas que se le dé.
Foto de portada y ataúd de palomitas de Creative Coffins